oct 242012
 

Por: Javier Mejía Cubillos

Twitter: @javiermejiac

Aunque pocos en la opinión pública estén de acuerdo, sobre todo de los países receptores de migrantes, la libre movilidad del trabajo genera mayor bienestar en el mundo. Al menos eso nos indica la teoría. Permitámonos explorar el asunto.

Para empezar, en la larga tradición teórica que estudia el impacto del flujo de recursos económicos entre países, resaltan dos conjuntos de interpretaciones. El primero de ellos, que llamaremos Vieja Escuela, considera un mundo bastante intuitivo, en el que la proporcionalidad domina. En ese mundo, al doblar la cantidad de cosas que sirven para producir (de ahora en adelante los factores productivos), es decir, el trabajo, la tierra y el capital, se dobla la producción.

En dicho mundo, es posible considerar países en los que los trabajadores generan menos riqueza que en otros (son menos productivos) y, por tanto, reciben salarios menores. En esa medida, trabajadores que estaban en países de salarios bajos (origen), estarían motivados a migrar a otros en los que los salarios fueran superiores (destino). La Vieja Escuela demuestra que dichos flujos, desarrollados de forma libre, generan un mayor bienestar agregado en el mundo. La razón de ello es que los recursos (el trabajo en este caso) se estaría desplazando de lugares en los que está generando poca riqueza a otros en los que está generando más.

En principio, el escenario de la Vieja Escuela suena bastante sensato. Sin embargo, el universo económico parece no regirse por la proporcionalidad. Por diversas razones, la cercanía de los factores de producción hace que, individualmente, éstos sean más productivos. En esa medida, la aglomeración de factores genera “rendimientos crecientes de escala”, es decir, al duplicar la cantidad de trabajo, tierra y capital, la producción habría más que doblarse. Para ejemplificar el asunto, pensemos en 10 profesores universitarios; con toda seguridad podríamos estar de acuerdo en que cada uno de ellos estaría en capacidad de producir más (sean artículos científicos, proyectos de investigación etc.) estando en un mismo campus universitario, que estando cada uno en una pequeña aldea, todas distantes entre sí. La cuestión es que en el primer caso, ellos podrían alimentar su producción de estar cerca a una gran biblioteca, a colegas con quien discutir sus opiniones, a estudiantes que podrían asistirlos, a editoriales dispuestas a publicar sus trabajos, en fin, a otros recursos que harían más productiva su labor. Adicionalmente, tendrían un mercado más grande, en capacidad de absorber su mayor producción. Lugares como Silicon Valley, Hollywood o, en su momento, Detroit o Manchester, son muestras de cómo la proximidad de los recursos permiten escalas de producción especialmente grandes.

Es un escenario de esas características el que considera la “Nueva Escuela”, la segunda línea interpretativa sobre la movilidad de los recursos económicos. Para estos, la productividad de la mano de obra aumenta con la población, de igual forma lo harían los salarios. Así, el flujo de personas de un país con bajos salarios a uno con altos habría de generar mayor bienestar agregado. En el fondo, la razón de ello es la misma que en el escenario previo, trabajadores que estaban en países de salarios bajos (origen), habrían de ser más productivos en países de salarios altos (destino).

No obstante, las diferencias en los análisis de ambas interpretaciones salen a la vista al analizar la distribución del bienestar entre los distintos grupos sociales. Si bien el mundo gana en su conjunto, algunos grupos se ven afectados. En la Vieja Escuela, los mayores perdedores de los flujos migratorios son los trabajadores de los países de destino, donde la mayor oferta laboral hace reducir los salarios. Los trabajadores de origen, por su parte, ven sus salarios incrementarse y los empresarios de destino sus costos reducirse. En la interpretación de la Nueva Escuela, los inmigrantes no han de generar pérdidas de bienestar en el país de destino. Todo lo contrario, su presencia haría aumentar los salarios del país de destino, mientras reduciría la del país de origen, comprimiendo cada vez más su economía.

En conclusión, tal como los reconocidos Jason Long y Joseph Ferrie lo exponen en su aporte para la Enciclopedia de Historia Económica de Oxford, a nivel individual, la movilidad permite mejoras en circunstancias en las que las habilidades y aspiraciones hacen pobre juego con la ubicación laboral en la que las personas se encuentran. Sin embargo, a nivel agregado, la libre movilidad del trabajo trae consigo importantes beneficios económicos.

oct 112012
 

Por: Javier Mejía-Cubillos

Twitter: @javiermejiac

Basta ya de neutralidades morales en las reflexiones politológicas! Tal como la batalla épica espléndidamente musicalizada por Richard Strauss en el quinto movimiento de Ein Heldenleben, las elecciones presidenciales en Venezuela fueron un símbolo de la lucha entre el Bien y el Mal. Por más maniqueísta que suene, las “mejores” y “peores” cosas de la humanidad estaban representadas en las figuras de Henrique Capriles y Hugo Chávez, respectivamente.

Con toda seguridad, tanto Capriles como Chávez han de ser sujetos complejos, con pasiones, odios, errores y aciertos. De igual forma, sus acciones como funcionarios públicos han de estar basadas en intereses personales y no altruistas. Sin embargo, a pesar de compartir su proceder como humanos y animales políticos, las propuestas de sociedad que representaban eran completamente opuestas. Mientras Chávez personificaba un proyecto que fomentaba el autoritarismo, la intolerancia, la egolatría y el clientelismo; Capriles encarnaba uno en el que se procuraba la libertad, el respeto, la fraternidad y el amor.

Por más apologético que suene, es una deducción inevitable de los discursos de los candidatos. Sencillamente, el proyecto chavista carecía de bondad (lo cual, por definición, es el “mal”); todo su discurso se basaba en el ensalzamiento de la lucha y la actividad guerrera. Para dar un ejemplo, dentro de su plan (propuesta) de gobierno, el primer “Gran Objetivo Histórico” de Chávez era “Defender, expandir y consolidar el bien más preciado que hemos reconquistado después de 200 años: La Independencia Nacional”. Mientras tanto, la primera frase del plan de gobierno de Capriles era “Que todos progresemos y que nadie se quede atrás;  que las condiciones al nacer no determinen tu destino”. Sobran las explicaciones.

La pregunta inevitable es ¿por qué sucede esto? ¿Cómo es que políticos con idénticas intenciones (llegar al poder) pueden distar tanto en su proyecto de sociedad? La respuesta viene dada por las preferencias del electorado y el candidato. Bastante obvio parece esto, sin embargo, todas las teorías políticas (no pocas) que basan su análisis en las pretensiones de los políticos por perpetuarse en el poder, ignoran el papel de las preferencias en la discusión. En el mundo, simplemente, existen personas que añoran vivir en sociedades libres y abiertas, como Capriles y sus seguidores; mientras que otras prefieren la sensación de certeza y seguridad que ofrecen sociedades centralizadas, en las que una figura “fuerte” dicta qué se debe hacer, decir y pensar, como Chávez y sus partidarios. El mercado político ofrece alternativas y el electorado escoge.

Aun cuando desde la reflexión científica ambos tipos de preferencias sean igualmente válidos, desde un punto de vista moral no lo son. Lo que la sociedad occidental llama “bien” estaba presente en el mundo prometido por Capriles y no en el de Chávez. Los venezolanos eligieron siguiendo una regla de mayoría simple (que sea o no la más apropiada es otra discusión). No obstante, ese hecho no justifica moralmente su elección. El despotismo es considerado malo; por más popular que sea, ningún argumento ético lo valida, ni siquiera la democracia.

En definitiva, el 7 de Octubre de 2012 será recordado como el día en el que Venezuela prefirió el mal al bien.

sep 282012
 

Por: Javier Mejía Cubillos

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En días recientes, el gobierno colombiano ha propuesto un proyecto de ley que pretende eliminar 3 ceros a la moneda nacional. Es decir, un bien que valiese COP 50.000 (algo así como USD 26) en la actualidad, pasaría a valer COP 50. La pregunta inevitable ha sido qué tan conveniente es ello. Algo de historia quizá de algunas luces al respecto.

Para empezar, vale mencionar que las políticas consistentes en transformar la escala de la denominación de las monedas han sido bastante frecuentes en el mundo. Sin embargo, también debe decirse que cada vez lo son menos. Puesto que la mayor razón para realizar una política de dichas características es compensar el efecto de inflaciones galopantes, en la medida en la que el mundo ha ido erradicando la inflación, lo mismo ha pasado con dichas medidas.

No obstante, como mencioné, en determinados períodos esta medida no era más que inevitable. Iniciaré por el caso más conocido. Durante los años de la República Weimar, Alemania evidenció un aumento de precios asombrosos. El dinero perdió su valor a una velocidad absurda. Mientras un Goldmark, la moneda respaldada en oro del Imperio Alemán entre 1873 y 1914, equivalía a 0,35842 gramos de oro en 1913 y a un Reichsmark (la moneda alemana entre 1924 y 1948), en 1924 se habrían necesitado 1.000.000.000.000 Goldmarks para comprar un Reichsmark. Por más asombroso que parezca esto, sobre todo cuando se acompaña de imágenes y anécdotas en las que se señala cómo era necesario cajas enteras de billetes para realizar las compras cotidianas, han existido experiencias que la han superado.

El proceso hiperinflacionario más extremo en la historia reciente ha sido el de la Hungría de la posguerra. Para Julio de 1946, la tasa mensual de aumento de los precios fue de 41.900.000.000.000.000%. En términos prácticos, esto implicaba que los precios se duplicaban cada 15,3 horas.

Algo menos sorprendente, pero un poco más cercano, fueron las hiperinflaciones de finales de los 80s en Latinoamérica. En los picos de la hiperinflación, en Argentina la tasa de inflación mensual fue de 197%, en Bolivia, 183% y en Brasil, 82,4%.

Aunque de forma espontánea han de surgir monedas más estables (cigarrillos, licores, oro, etc.), que eventualmente remplazarán las monedas estatales, procesos inflacionarios de esas características son, obviamente, indeseables. Sus consecuencias son dramáticas. Más allá de los efectos distributivos (algunas personas están en mejor capacidad de protegerse al aumento de precios), la incertidumbre que generan pueden llegar a colapsar el mercado capitales y, a través de él, la economía real.

En dichos contextos, una moneda con una menor escala de denominación resulta más que razonable. Las transacciones se simplifican, la percepción subjetiva de valor del dinero aumenta y en esa medida su demanda y capacidad para ser usada como divisa reserva. Todos estos efectos parecerían tener mayor impacto en agentes no familiarizados con la economía local y en montos de transacción altos, lo cual sugeriría un efecto especialmente importante en el comercio internacional y los flujos de capital de gran escala.

Puede observarse que dicho razonamiento es válido también para economías con inflación controlada pero con monedas en escala denominativa alta, como la colombiana. Hacer cálculos de negocios en miles de millones de pesos colombianos no es sencillo, incluso los colombianos lo encontramos difícil. En esa medida, una reforma que solucione el asunto y que pueda hacerse sin mayores costos será beneficiosa.

Debe recordarse que el valor del dinero fiduciario radica en la confianza, lo cual no es más que un fenómeno psicológico; y tal como toda la literatura psicoanalítica señala, las sutilezas contextuales y los símbolos son la base de la psiquis humana.

sep 202012
 

Por: Javier Mejía Cubillos

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La Unión Europea (UE) es uno de los experimentos más loables de la historia de la humanidad. Comunidades que durante siglos lucharon a muerte por dominarse las unas a las otras, resolvieron, en cuestión de décadas, asociarse y dar paso a la sociedad más abierta y respetuosa que ha haya existido alguna vez. Definitivamente, la UE es un símbolo de la capacidad de los seres humanos para tolerar las diferencias y compartir los frutos de la civilización.

Sin embargo, por algún extraño fetiche monetarista, ha solido identificarse en la existencia de la moneda euro la única evidencia de éxito de la UE. El asunto es interesante, ya que de los llamados “tres pilares” que formarían la UE (Comunidad Europea del Carbón y del Acero -CECA-, Comunidad Europea de la Energía Atómica -Euratom- y la Comunidad Económica Europea -CEE-), solo uno, la CEE pretendía lograr integración económica generalizada entre el continente (la CECA y la Euratom tenía objetivos similares, pero mucho más particulares). E incluso, la CEE no surgió como una unión monetaria (ni ninguno de los otros 2 pilares), sino como una unión aduanera, que pretendía alcanzar los beneficios de la libre movilidad de los factores productivos y las mercancías.

Aunque es posible identificar algunas intenciones de establecer cooperación monetaria en Europa antes, solo hasta el Acta Única Europea, firmada en 1986, se puede reconocer un esfuerzo consciente por alcanzar una moneda común que facilitara la integración del mercado europeo.

Evidentemente, una moneda común simplifica la integración de los mercados, pero no es una condición indispensable. El mercado libremente, como lo hizo durante siglos, está en capacidad de reconocer las monedas más fuertes y convertirlas en dominantes. En esa medida, la UE puede sobrevivir sin el euro, y no me refiero exclusivamente a la estructura política, la misma integración económica es posible sin euro zona.

Ahora bien, en el último año, las presiones sobre el euro han arriesgado la cohesión y existencia misma de la UE. Los proyectos políticos proteccionistas vinculan el mal desempeño de las economías europeas a la existencia del euro (con cierta razón) y a la UE como tal (con mucha menos razón). La cuestión ha sido sobrediagnosticada, la unión monetaria no puede coexistir sin una unión fiscal. Las posibilidades de conformar una unión fiscal europea son bastante remotas en el mediano plazo; así, aunque a través de rescates y paquetes de ayuda sea posible hallar una salida a la crisis de la deuda, la UE sigue siendo igual de vulnerable a futuras crisis de la misma índole.

Si bien los acuerdos en cuanto a topes de gasto y demás límites fiscales pueden ser útiles, su aplicación se dificultará en el largo plazo. No se debe olvidar que acuerdos de este tipo ya existían y su cumplimiento, evidentemente, fue insuficiente. Por ejemplo, para entrar a hacer parte de la zona euro, los Estados debían tener déficit fiscales menores al 3% del PIB, razones de deuda inferiores al 60% del PIB, baja inflación y tasas de interés cercanas a la media de la UE. Aquí vale la pena recordar que alcanzar metas fiscales es sencillo, lo difícil es mantener la disciplina en largo plazo.

Los costos de eliminar el euro serán muy altos, pero podrían ser menores a los de mantenerlo. De nuevo, no estoy hablando solo de la unión económica, estoy hablando de la unión política y social. Crisis repetidas del euro permitirán el ascenso de las legiones proteccionistas y nacionalistas al poder, y llevarán a un desmembramiento progresivo de la UE. Tal como Milton Friedman solía recomendar en los años de estanflación en el mundo occidental, resolver los problemas monetarios (concretamente, la inflación) trae costos de corto plazo altísimos, pero suelen ser soluciones definitivas. La UE puede sobrevivir sin euro, pero el euro no lo puede hacer sin UE.

sep 102012
 

Por: Javier Mejía Cubillos

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E.F. Schumacher, uno de los jóvenes economistas protegidos por Keynes en los años 30s, publicó a comienzos de la década del 70 “Lo Pequeño es Hermoso”. Dicha obra, que se convirtió en un clásico de la economía budista, defendía la bondad de la pequeña producción en el bienestar de la sociedad, en contraposición de la conveniencia del crecimiento basado en la producción a gran escala. Según esto, y de acuerdo al principio aristotélico en el que la belleza ha de ser buena, para Schumacher lo pequeño sería hermoso. Muchos teóricos modernos de la Estética cuestionarían dicha conclusión. Yo no tendría ningún elemento para aportar al respecto. Lo que sí podría decir es que, más allá de los determinantes de la belleza, ésta resulta de la mayor importancia en la vida económica cotidiana.

En primer lugar, la gente prefiere relacionarse con personas hermosas, haciendo de la belleza un elemento que facilita la interacción social y la generación de riqueza. Daniel S. Hamermesh, uno de los fundadores de la llamada Economía de la Belleza, muestra cómo en el transcurso de la vida, asumiendo el salario medio actual, un trabajador estadounidense “bonito” ganaría más de US$230.000 que el promedio. Lo interesante es que esto no parece ser cierto solo para los mercados que ofrecen belleza (el entretenimiento, la prostitución, etc.), sino para prácticamente todos los mercados. Como habría dicho Aristóteles, la belleza vale más que cualquier carta de recomendación.

En aquella evidencia está implícito que la hermosura podría ser utilizada como una inversión. Las personas tendrían incentivos para emplear sus recursos en hacerse más lindos. Aunque ciertos elementos de la apariencia física no son modificables, como la estatura (investigadores de la Universidad de Pensilvania encuentran una fuerte correlación positiva entre los salarios y la estatura), muchos otros, como la dentadura, sí (investigadores de la Universidad de Columbia encuentran en EE.UU. una relación directa entre la salud oral y los salarios).

En esa medida, ha ido surgiendo todo un conjunto de industrias que están dispuestas a ofrecer mejoras en belleza. El mismo Hamermesh, en su libro Beauty Pays, menciona que un estadounidense casado promedio emplea 32 minutos diarios “arreglándose” para salir (bañándose, vistiéndose, peinándose etc.) –un alemán 39 minutos-, mientras que una mujer casada promedio emplea 44 minutos –una alemana 42 minutos-. Además de tiempo, la gente está dispuesta a gastar grandes cantidades de dinero en belleza; para 2008, cerca del 5% del consumo interno en EE.UU. tuvo ese objetivo. Una mujer promedio en EE.UU. gastaría en el transcurso de su vida, según Newsweek, poco menos de US$450.000; en el Reino Unido las cifras son parecidas, £100.000, según el Daily Mail.

En definitiva, la belleza es un asunto importante en la Sociedad; banalizarla es ignorar la realidad. Al igual que otras características del ser humano, como la inteligencia, la belleza es una combinación de fortuna genética e inversión de recursos. No hay argumento moral para que sea la belleza menos digna. La hermosura es un elemento más de la diversidad humana, la sociedad debería aprender a entenderlo así.

ago 142012
 

Por: Javier Mejía Cubillos

Twitter: @javiermejiac

En las últimas semanas ha sido prácticamente imposible pensar en algo diferente a las Olimpiadas. Aunque muchas cosas llamaban la atención del evento, la competencia de los nacionalismos era, a mi parecer, la más interesante. Más allá de lo sugestivo que resultan las pasiones generadas por la simbología nacionalista, resta comprender por qué algunos países fueron más efectivos en la lucha por las medallas olímpicas.

Que Estados Unidos liderara la tabla de medallería y que sus cercanos rivales hayan sido el resto de las potencias económicas, sugiere que los países más ricos pueden preparar los mejores deportistas. Que además compartan grandes poblaciones, hace pensar que entre comunidades con más gente resulta más probable encontrar un atleta excepcional. Dejando de lado estas brillantes conclusiones, usted estará de acuerdo con que el asunto merece mirarse más a fondo.

Yo propondría que se empezara por la siguiente pregunta: ¿Acaso la estructura social podría ser determinante para el surgimiento de campeones olímpicos? En principio, le diría que esta es una pregunta simple. Solo una sociedad en la que se elogiara la diferenciación y la competencia sería conveniente para forjar grandes deportistas. A mi parecer, solo el capitalismo, en su versión más liberal, estaría en capacidad de lograr eso. Después de todo, el motor de las economías de mercado es la competencia y la búsqueda de beneficios extraordinarios (en el mejor sentido schumpeteriano, si lo quiere entender así)

Sin embargo, la historia de los Juegos Olímpicos sugiere algo completamente distinto. Según The Economist, las naciones más eficientes en términos de competidores enviados por medallas ganadas  en la historia de las Olimpiadas modernas (1896-2008) fueron Alemania del Este (3,3), Unión Soviética (3,4), Estados Unidos (4,1), Rusia (5,8), China (6,2), Etiopía (6,3), Antillas Británicas (6,5), Hungría (7) y Rumania (7). Al menos 7 de estos 9 países lograron la mayor parte de sus medallas bajo sistemas socialistas y/o autocráticos.

El asunto no se detiene ahí. En un reciente post en el blog del Instituto de Investigación en Desarrollo de la Universidad de Nueva York se reflexiona sobre la cuestión en los juegos de Londres 2012. Se hace referencia a 6 países excepcionalmente eficaces en alcanzar medallas (con respecto a su PIB): Bielorrusia, Ucrania, Kazajistán, Rumania, Irán y Jamaica. ¡Oh sorpresa! Exceptuando Jamaica, los sistemas políticos de todos estos países comparten antecedentes marcadamente represivos.

Que los proyectos autoritarios y socialistas han resultado ser más efectivos que los liberales y capitalistas en las competencias deportivas es algo contraintuitivo. Argumentos económicos y políticos estarían detrás de ello.

Por un lado, si bien el capitalismo premia la iniciativa privada y la competencia, esto se limita a las actividades transables en el mercado. Con ciertas excepciones, las actividades deportivas se caracterizan por carecer de mercados (al menos a escala local). En esa medida, el deporte comparte las propiedades de cierto tipo de bienes, como la cultura, los cuales son considerados valiosos por la sociedad en conjunto, pero los mercados no logran proveerlos en la cantidad apropiada.

Siendo así, el desarrollo de espacios competitivos exitosos, usualmente, depende económicamente del apoyo estatal. Es allí donde las cuestiones políticas salen a la luz. En primer lugar, los campeones olímpicos suelen ser identificados como el símbolo de la superioridad de una Nación, asunto que todo “líder” puede emplear para validar su proyecto político. De tal forma, todos los políticos tienen incentivos para promover el surgimiento de grandes deportistas. La restricción yace, como de costumbre, en las limitaciones de recursos. Es posible emplear todos los recursos de una Nación para obtener excelentes corredores o nadadores, que muestren al mundo la grandeza del régimen de turno; sin embargo, pocos estarían de acuerdo con que eso fuese una buena idea. De nuevo volvemos a la cuestión de que los países ricos pueden entrenar mejores deportistas.

No obstante, el sistema político sí determinaría limitaciones extraeconómicas a estas estrategias “populistas deportivas”. Mientras las autocracias están más o menos libres de restricciones políticas (los jugadores con capacidad de veto son pocos, diría Tsebelis), las democracias están repletas de controles (muchos jugadores con veto). Así, mientras en la primera el jefe de turno estaría en capacidad, por ejemplo, de cerrar hospitales y escuelas para emplear esos recursos en la legitimación del régimen vía el deporte; en el segundo caso eso sería poco probable (los pesos y contrapesos del sistema habrían de impedírselo).

La razón por la cual antiguos regímenes autocráticos siguen teniendo un buen desempeño en las Olimpiadas, a pesar de ser actualmente democracias, estaría en los efectos de largo plazo de la inversión. Los recursos empleados en el pasado seguiría reportando retornos en la actualidad; por ejemplo, las instalaciones deportivas y antiguos campeones (ahora como nuevos entrenadores) estarían aun disponibles.

Claramente, en la promoción deportiva de las autocracias yacen serias inconsistencias morales ¿cómo es posible que se resalten los logros excepcionales de deportistas en un sistema en el que se promueve la igualdad de resultados para el resto de la población? ¿Cómo es posible que se promueva el éxito en las competencias deportivas en una sociedad en la que se coarta la competencia económica o política?

Si bien el asunto merece una discusión más profunda, nuevamente es posible esgrimir escenarios en los que sacrificar libertades puede procurar mejoras en eficiencia. La pregunta sigue siendo la misma ¿qué tipo de sociedad preferimos?